Dorothea Theodora Binz: la sádica de Ravensbrück

Dorothea Theodora Binz (1920-1947) fue una supervisora de la SS en el campo de concentración Ravensbrück durante la segunda guerra mundial.

Seducida por el nacismo se ofreció como voluntaria de cocina del campo de concentración de Ravensbrück en 1939. Poco después, comenzó la formación necesaria para convertirse en guardiana del campo junto a otras compañeras hasta, finalmente, convertirse en la nueva supervisora en jefe de Ravensbrück em 1944.


Allí encontró uno de los mejores lugares para dar rienda suelta a su naturaleza sádica, oculta hasta ese momento para los demás, e incluso, para ella misma.
Golpear y azotar sin piedad a los prisioneros en el búnker era una de sus habituales costumbres. Desempeñó todo tipo de degeneraciones, martirios y humillaciones, además de entrenar a sus alumnas más aventajadas en lo que pasó a definir como ‘placer malévolo’.

La guardiana nazi mató cerca de 100.000 personas entre mujeres y niños. Su tortura preferida: flagelaciones en el búnker de castigo. Cargos criminales: crimen contra la humanidad y crimen de guerra.

Dorothea fue tildada como la “guardiana de la barbarie”. Su trabajo preferido lo realizaba en la celda de castigo junto con otras compañeras, torturaron y asesinaron a cientos de reclusas con inanición. Su único pecado, no ser de raza aria. Aunque los altos mandos del campamento eran hombres, la verdadera inhumanidad provenía de sus vigilantes, especialmente de las guardianas femeninas. Las Aufseherinnen eran las responsables de impartir la férrea disciplina diaria repleta de normas, castigos y restricciones, y “donde la amenaza del búnker de castigo era casi una sentencia de muerte”.

Binz deambulaba por el recinto con un látigo en la mano, siempre acompañada de un pastor alemán entrenado para atacar a la menor señal. Cualquier cosa que pudiera molestar mínimamente a la supervisora era suficiente para atizar golpes en la cabeza de una mujer hasta causarle la muerte, o efectuar fusilamientos, o selecciones masivas que llevarían a las víctimas a la cámara de gas.

“Dorothea observó a una mujer que pensaba que no trabajaba lo suficiente. Se le acercó y la abofeteó hasta tirarla al suelo, después cogió un hacha y empezó a rajar a la prisionera hasta que su cuerpo sin vida no era más que una masa sangrienta. Cuando terminó, Dorothea limpió sus botas brillantes con un trozo seco de la falda del cadáver. Se montó en su bicicleta y pedaleó sin prisa de vuelta a Ravensbrück como si no hubiera pasado nada”.

Las dos transgresiones más importantes eran: participar en un sabotaje y tratar de escapar. La pena impuesta: la fustigación en tandas de 25, 50, y 75.
Tras dichas vejaciones, las internas permanecían desnudas, sin alimentos, sin calefacción ni mantas, y cada cierto tiempo eran rociadas con agua congelada a presión. Tras el manguerazo se iniciaba una serie de golpes y puñetazos que terminaban con la víctima al borde de la muerte.

Martha Wolkert, una campesina arrestada por desarrollar lo que los alemanes denominaban Rassenschande o “profanació́n de la raza”, es decir, estaba acusada de mantener relaciones sexuales con trabajadores polacos mientras que su marido permanecía ausente en el servicio militar, fue castigada de la siguiente manera: “Binz me leyó la orden de arresto y mi castigo: dos tandas de 25 latigazos. Después [el comandante] Suhren me ordenó subirme al potro. Me fijaron los pies en una abrazadera de madera, y el de la placa verde me ató. Me levantaron el vestido por encima de la cabeza para mostrar mi parte posterior (teníamos que quitarnos nuestra ropa interior antes de salir de los barracones). Luego me envolvieron la cabeza en una manta, presumiblemente para amortiguar los chillidos. Mientras me ataban, respiré hondo para que no me pudiesen atar tan fuerte. Cuando Suhren se dio cuenta, se arrodilló y apretó la correa tan fuerte que sentí un dolor horrible. Me ordenaron contar cada latigazo en voz alta, pero solo llegué hasta once. […] Sentí mi trasero como si estuviera hecho de cuero. Cuando salí fuera, sentí un terrible mareo”.


Otra de la víctimas que logró sobrevivir a las palizas perpetradas por Binz, permaneció en el búnker tres días sin comer y después de haber recibido 15 latigazos. El motivo: haber garabateado un pequeño poema en un papel.

“La víctima estaba tumbada semidesnuda, aparentemente inconsciente, llena de sangre desde los tobillos hasta la cintura. Binz la miraba, y sin mediar palabra, la pisoteó en sus ensangrentadas piernas y empezó a mecerse a sí misma, equilibrando su peso desde los dedos de los pies hasta los tacones”.

Binz se divertía hasta la saciedad ordenando a las prisioneras que se pusieran en posición de firmes durante horas, mientras les abofeteaba la cara. Si alguna terminaba por desfallecer, Dorothea se acercaba hasta ellas y se reía a carcajadas.


“Recuerdo la guardiana Dorothea Binz paseando por el campamento. Una prisionera agotada pasa a su lado, tropieza y cae. Ella pedaleó mas fuerte, aumentó la velocidad y atropelló a la miserable interna. Luego llamó a los perros y se los lanzó. ¡Los perros eran salvajes, feroces, adiestrados especialmente para destrozar a la víctima hasta que dejaba de respirar!”.

Unos días antes de la liberación del campo de concentración, Binz y el resto de guardias evacuaron el campamento para evitar ser sorprendidos por el ejército ruso, que según las noticias que les llegaban, estaba cada vez más cerca. Además, destruyeron toda clase de documentación que los incriminara y se iniciaron las llamadas “Marchas de la Muerte”. Estas consistían en el traslado forzoso de miles de prisioneros, unos 20.000 en aquel momento, de Ravensbrück hacia el interior de Alemania.

Fue en torno al 27 de abril de 1945 y la liberación del campo se produjo tan solo tres días después. Mientras tanto, la supervisora decidió huir por su cuenta, deshaciéndose de su uniforme y de su identidad. Tras la liberación de Ravensbrück fue Dorothea fue capturada por los británicos en Hamburgo el 3 de mayo.
El 3 de febrero de 1947, el Major Westropp leyó el veredicto. Juzgaba y condenaba a Dorothea Binz a morir en la horca por cometer crímenes de guerra.
A las nueve de la mañana del 2 de mayo de 1947, en la prisión de Hamelín, Dorothea Binz se encontró cara a cara con su verdugo, el británico Albert Pierrepoint, quien le señaló dónde debía colocarse para proceder a la ejecución. Allí se encontraba Binz, con los pies en la trampilla, esperando a que Pierrepoint le colocase la capucha negra y la soga alrededor del cuello. Unos segundos después se pudo escuchar el crujido de la muerte. Dorothea Binz, la despiadada criminal que había asesinado cruelmente a miles de mujeres y niños, acababa de morir. Tenía 27 años.

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